María Elena Sammartino
Psicóloga-Psicoanalísta
"Lo más profundo del hombre es la piel"
P. Valéry, La Pléiade
Poco se sabe de él y de su historia.
Nadie, sin embargo, ha dejado de verlo alguna vez.
Camina solo por la calle desierta. O por la calle
en fiestas llena de murmullos bajo un sol que
abruma. En la noche tibia o en la niebla fría de
cualquier invierno de la gran ciudad.
Siempre el paso idéntico a sí mismo: no es lento,
no es apresurado, ni es parecido a los otros pasos
que un día tras otro forman una onda para no
rozarlo.
¿Frágil? ¿Descolorido? ¿Ausente? Dónde encontrar
una palabra que describa a este hombre solitario
de silueta oculta tras el viejo abrigo que cubre
siempre los hombros, el pecho, la espalda, las
caderas y las piernas, prieto y protegido. Un olor
ácido, antiguo, húmedo parece acompañarlo y
envolverlo como un halo, mientras otra corona
enmarca el rostro pensativo y la cabeza revuelta:
largos cabellos entrecanos reunidos en una trenza
ensebada de color indefinido.
Nada interrumpe la inmovilidad que sugiere su paso
y su rostro incierto, salvo aquel temblor apenas
perceptible que sacude su cuerpo, cuando una risa
tibia y socarrona trepa por el pecho hasta
iluminarle fugazmente las facciones y acabar en
una carcajada breve y sorda.
Poco se sabe de él y de su historia.
Se habían terminado sus gestos espantados, su
resistencia, sus golpes, sus heridas, cada vez que
alguien intentaba despojarlo de sus ropas viejas,
de su olor antiguo. Habíamos finalmente
comprendido que esa era la piel que lo mantenía
unido, aquel día en que pudo gritar su miedo a
entrar en la bañera: nada hubiese podido evitar
que todo él se escurriera como una cascada por el
agujero oscuro hacia donde se deslizaba el agua.
CORAZAS
Desparramarse, deshacerse, esparcirse, caer sin
fin, disolverse: así describen su angustia quienes
no logran sentirse contenidos en su propia piel.
Frente al horror a la disolución se levantan
diques protectores construidos de materiales
diversos. Algunos remedan concretamente la piel
faltante, como el "viejo abrigo" del personaje que
vaga por las calles, acompañado también por una
envoltura sensorial, su "antiguo olor", que cumple
la doble función cutánea de preservar la unidad y
establecer el contacto con los otros.
La construcción imaginaria de una piel que
sustituye la piel psíquica faltante, suele
utilizar recursos sensoriales diversos y, con
frecuencia, es la palabra la que se utiliza
prioritariamente como envoltura psíquica
continente, y muy secundariamente como sostén de
la comunicación. Así, una joven paciente mantenía
su cohesión en base a la fantasía de encontrarse
unida a mí en una comunión estrecha y sin
fronteras, sostenida por una envoltura sonora.
Ella hablaba en las sesiones sin interrupción, sin
pausas ni cesura, en un discurso aparentemente
reflexivo y profundo, pleno de interrogantes y
certezas, de asociaciones sugerentes, de recuerdos
perturbadores. Pero esta envoltura protectora se
resquebrajaba al percibirse aquella señal que
ponía en entredicho la ilusión de una piel
contenedora que nos reunía. Allí emergía el cuerpo
con su carga de sensaciones intolerables. Primero
una intensa compresión, una placa pesada
aplastando el pecho; luego el desborde angustiado,
sin gritos ni llanto, una sensación abismal
innombrable que sólo a posteriori construia
imágenes comunicables: un terrón de azúcar que va
diluyéndose en agua y penetrando poco a poco en
las entrañas del diván hasta desaparecer.
Diversos autores han prestado especial atención a
las formas que adoptan las envolturas psíquicas
sustitutorias.
Bick, en 1968, habla de la formación de una
segunda piel para describir los distintos recursos
que permiten generar una ilusión de continente
psíquico. Hace referencia a observaciones
realizadas con bebés cuyas madres tenían
dificultad para hacerse cargo de las ansiedades
del niño y entraban con ellos en una espiral de
angustia que culminaba en un estado de
estremecimiento y desorganización del bebé, sin
llantos ni rabietas.
Relaciona estas observaciones con cuadros
presentados por pacientes adultos en sus sesiones.
Temblores, confusión y parálisis solían emerger en
aquellos que decían sentir "la piel muy delgada"
para aludir a la falta de consistencia de esa piel
psíquica que contiene la vida anímica. A través de
sueños y asociaciones esos estados disolutorios
remitían a una percepción de sí como un saco de
patatas que se desparrama, como un orinarse...
¿Cómo mantenerse unidos? A través de una envoltura
sonora que teje, con palabras incesantes y
explicaciones para todo, una red continente y
protectora. O a través de la construcción de una
segunda piel, una piel muscular, sostenida en una
intensa actividad física diaria que reemplaza el
pensar por el hacer.
La envoltura sensorial que sustituye a la
representación psíquica de la piel se transforma
en verdadera coraza en el caso de los niños
autistas. Ellos tejen una piel resistente y muy
dura en base a las sensaciones que obtienen de
objetos inanimados, los objetos autistas, y de
otras envolturas sensoriales autogeneradas que
excluyen el mundo de los seres vivos, las formas
de sensación autistas. Estas envolturas
sensoriales autogeneradas protegen del miedo a ser
esparcido y ser disuelto (Tustin, 1989).
Los objetos autistas son objetos duros (un coche
de juguete, p.ej.) que se aferran con fuerza y que
son sentidos como parte del cuerpo propio del
sujeto. Confieren una sensación de seguridad y
dureza de tal forma que si desaparecen, el niño
entra en pánico como si hubiese perdido una parte
del propio cuerpo.
Las formas de sensación autista son torbellinos de
sensaciones autogeneradas que anulan la conciencia
de los sentimientos y de toda realidad amenazante.
Contituyen una coraza dominada por sensaciones y
son generadas por actividades táctiles como tocar,
palpar o frotar; movimientos reiterados y a veces
violentos tales como hamacarse a sí mismo, girar,
realizar estereotipias con la mano o los dedos,
movimientos rítmicos o desplazamientos repetidos
con el conjunto del cuerpo. Objetos y formas de
sensación ejercen una función hipnótica que
desconectan la atención de cualquier realidad
exterior y generan una sensación de cohesión
corporal, siempre amenazada de desintegración y
agujereamiento.
En sujetos adultos con núcleos autistas, esos
torbellinos de sensaciones autogeneradas que
restauran la ilusión de integridad y cohesión
pueden derivar de sensaciones corporales tales
como la hinchazón del vientre y los mareos, de la
producción de estados vertiginosos (velocidad,
consumo e ingesta sin freno), drogadicción o
utilización de recursos ideacionales, que ocupan
obsesivamente la conciencia, tales como la
realización mental sistemática de cálculos
matemáticos.
LA MADRE-PIEL
Es el espacio materno-paterno inconsciente la
primera gran envoltura que ofrece al niño un lugar
en la vida.
Es la mente de quien cumple la función materna el
primer continente de las emociones del bebé.
Son las palabras de la madre, las caricias, los
cuidados, el contacto con su cuerpo, su primera
piel.
La lengua aporta un término muy significativo,
duramadre, que transmite el sentido preconciente
de la piel materna, como primera piel continente
de la vida mental, ya que duramadre es la palabra
de origen latino que nombra la envoltura fibrosa
del encéfalo y la médula espinal, la membrana que
rodea los centros nerviosos.
La mirada atenta de la madre, las emociones de su
rostro reflejando los estados del niño, los
cuidados corporales acompañados de canturreos y
palabras significativas, el contacto con su pecho
en la mamada: todo ello envuelve y protege la
naciente vida psíquica del infante, confiriendo un
marco de seguridad a la experiencia de percibir la
piel como superficie y como límite.
La primera piel del niño es la madre-piel.
Es ella quien ofrece el contacto de sus manos y su
pecho a la vez que asiste al pequeño actuando como
para-excitación auxiliar (Freud, 1895), hasta que
el Yo naciente pueda tejer su propia piel.
Didier Anzieu (1994) designa con el nombre de
Yo-piel esa "figuración de la que el niño se
sirve, en las fases precoces de su desarrollo,
para representarse a sí mismo como Yo que contiene
los contenidos psíquicos a partir de su
experiencia de superficie del cuerpo" (Pág.
50-51). Los fallos en la construcción de la
realidad fantasmática de Yo-piel, es decir, la
representación de una envoltura perforable,
conlleva el riesgo de despersonalización, asociada
con angustias de vaciamiento (no de
fragmentación), de derrame de la sustancia vital
por los agujeros. La instauración del Yo-piel
responde a la necesidad de una envoltura
narcisística y se gesta en base a las experiencias
de contacto del cuerpo del bebé con el cuerpo de
la madre, en el contexto de una relación de
contención e inclusión.
Anzieu interpreta la noción freudiana de
apuntalamiento en un sentido amplio y considera,
así, que "toda función psíquica se desarrolla
apoyándose en una función corporal, cuyo
funcionamiento transpone al plano mental" (pág.
107). Con este punto de partida, enriquecido por
otros aportes teóricos, efectúa un paralelo entre
las funciones de la piel y las del Yo-piel.
Al igual que la capa superficial de la epidermis
protege su capa sensible, el Yo-piel actúa como
barrera y como filtro de las agresiones e
intrusiones externas, a la vez que recorta y marca
el límite entre el afuera y el adentro.
La piel que recubre la superficie entera del
cuerpo como un saco, genera la función continente
del Yo-piel, que mantiene y conserva en su
interior las huellas de las buenas experiencias de
la lactancia, del contacto cuerpo a cuerpo con la
madre, de las sensaciones producidas por las
envolturas táctil y sonora.
La piel, finalmente, como asiento de uno de los
sentidos, proporciona información y contacto; de
la misma forma, el Yo-piel es un medio primario de
comunicación con el prójimo y superficie de
inscripción de las huellas que otros dejan.
PRIMERAS INSCRIPCIONES
En los primeros tiempos de la vida, una actividad
equivalente a los procesos de metabolización
orgánica dará origen al psiquismo infantil. Esa
tarea elemental es la de representación de un
mundo que se presenta al bebé como una continuidad
indiferenciada entre su propio cuerpo y el espacio
psíquico de las personas que lo rodean. Así, la
primera representación que la psiquis se forma de
sí misma, surgirá de un entrecruzamiento entre lo
pulsional y lo relacional, autoinformando al bebé
del saldo de un encuentro entre su cuerpo y el
otro. Piera Aulagnier (1991) ha denominado
pictograma a esa representación originaria que
liga indisolublemente zona y objeto,
autoinformando del afecto de placer o displacer
que preside esa unión.
Cuando el bebé mama, inscribe el encuentro con la
madre que lo alimenta con placer como una imagen
en la que se fusiona el pecho con la boca, la piel
de la madre con su propia piel. Pero la zona del
cuerpo quedará afectada en sus funciones si en ese
encuentro entre la madre y el niño predomina el
displacer.
La boca a la que se une el pezón, el cuerpo que la
madre observa, cuida y acaricia, son fuente de
intensas emociones para ella, generan curiosidad,
ternura y placer que se transmiten en el contacto
de un cuerpo con el otro. Pero la madre puede
estar ausente en su presencia. Y así ocurre cuando
una pena la ocupa generando, a veces, un estado
depresivo que no le impide la atención de las
necesidades físicas del niño pero que mutila el
placer, la alegría, la comunicación.
La ausencia del objeto materno o su continuada
inadecuación -por exceso o por defecto- pueden
conducir a una intensa frustración que acabe
agotando la representación pictogramática,
necesitada de un aporte sensorial continuo. La
zona del cuerpo en la que recayó el daño se
inscribe negativamente, como fuente de
sufrimiento, e intenta destruir la representación
de sí misma a través de una desinvestidura de la
zona, que puede quedar registrada como un agujero.
Las envolturas y corazas sensoriales del autismo y
otras patologías serían un intento de
autoengendrar un fondo pictográfico de unión que
obture los agujeros corporales y evite el pánico a
la desintegración.
Las huellas somáticas arcaicas unidas al afecto
que les dio origen estarán siempre presentes en el
transfondo de las sucesivas retranscripciones
efectuadas a lo largo del tiempo y ejercerán su
influjo sobre los procesos posteriores de
representación de un sujeto psíquico separado del
otro, con un cuerpo propio, con una piel que
recorte sus límites de los límites ajenos. Esa
nueva etapa del mundo representacional también se
verá mediatizada por el psiquismo materno y por
los mensajes que emita en relación con el
reconocimiento del niño como una realidad singular
e independiente de sí.
Difícilmente se podrá construir una
representación-piel individual, continente y
protectora si la mirada materna no refleja
ilusionada los contornos físicos, los perfiles
afectivos del aquel niño, único en su
singularidad, diferenciado de la representación
imaginaria que precedió a su nacimiento.
LA CONSTRUCCIÓN DE UNA SUPERFICIE
La construcción de una superficie corporal
inscripta en el psiquismo infantil es primordial y
condición necesaria para el acceso a la imagen
unificada del narcisismo y a la representación de
un interior con volumen que sostenga fantasías de
contener y ser contenido, de un adentro y un
afuera.
El trabajo terapéutico con niños psicóticos es uno
de los espacios privilegiados en los que se vuelve
evidente la construcción de una superficie
corporal protectora a través del juego, enmarcado
en un vículo humanizante y seguro.
Un pequeño paciente autista comenzó a desprenderse
de sus envolturas aberrantes hacia el quinto mes
de tratamiento. La repetición incesante de
canciones ecolálicas, estereotipias y
manipulaciones autohipnóticas que me excluian, fue
abriendo paso en sus sesiones a breves momentos de
contacto a través del ritmo. Al mismo tiempo, los
primeros esbozos de juego utilizando plastilina,
rápidamente conducían a una destrucción total y
violenta del material en partículas minúsculas,
que inundaban completamente el suelo de la sala de
sesiones. Con frecuencia se envolvía completamente
a sí mismo en una pequeña alfombra, en un intento
de restaurar su cohesión.
Tiempo después, comenzó a envolverme a mí junto
con él en la pequeña alfombra, dejando fuera las
cabezas, muy pegado a mi cuerpo, con una expresión
de alegría y satisfacción que acompañaba con
gorgoritos y laleos. Una piel naciente nos reunía
a ambos. Durante aquel período, alternaba esta
actividad con otras que solían incluir momentos en
los que con gran violencia marcaba todo su cuerpo
con la punta de los rotuladores o se arrancaba las
pequeñas membranas que comenzaban a recubrir
cualquier herida, produciéndose sangre. Estas
expresiones del agujereamiento corporal llevaban
rápidamente al límite de lo soportable y al
retorno tranquilizador de las envolturas
sensoriales autoengendradas y la más absoluta
desconexión del mundo.
El primer dibujo con un volumen sostenido en un
contorno, se repitió a lo largo de muchos meses:
se trataba de una "piscina" (inicios del
lenguaje), es decir, un contorno cerrado
rectangular con el interior pintado de azul claro.
Siempre, al finalizar el dibujo, apretaba
largamente la punta de un rotulador en un ángulo
de la piscina, hasta que se producía un agujero
oscuro que lo obligaba a levantarse de la silla y
huir. Era evidente que representaba su pánico a
desaparecer a través del agujero, de la misma
forma que en otros momentos la plastilina
esparcida daba cuenta de su sensación de ser
esparcido.
La finalización del largo período en que
cotidianamente envolvía nuestros cuerpos, trajo
aparejada otra actividad: embadurnar con pegamento
las paredes del despacho y a veces, pegar papeles
en ellas. Mimetizado con el entorno material, el
pequeño continuaba en la compleja tarea de
construir superficies. Las paredes-cuerpo iban
siendo recorridas, reconocidas y edificadas como
un collage que todavía no diferenciaba su piel de
la mía ya que ambos estábamos envueltos en la
misma red.
La aparición en el lenguaje del "si" y el "no" con
sentido, señal de la emergencia de los esbozos de
un sujeto individual, fue acompañada en el tiempo
por un hecho singular: dedicó una sesión a untar
con pegamento gran parte de la superficie de todo
su cuerpo. Una piel entera, continente, segura y
personal comenzaba a inscribirse gozosamente en la
psiquis de este pequeño post-autista que al cabo
de unos meses pudo finalmente dibujar, titubeante,
la primera imagen reconocible de un niño.
Bibliografía
Anzieu, D., El Yo-piel, Madrid: ed. Biblioteca
Nueva, 1994
Aulagnier, P., La violencia de la interpretación,
Bs.As: ed. Amorrortu, 1991
Bick, E., La experiencia de la piel en las
relaciones de objeto tempranas, Revista de
Psicoanálisis, ed. por la Asoc. Psicoanalítica
Argentina, 1970:1
Freud, S., Proyecto de psicología (1950 [1895]),
Bs.As.: ed. Amorrortu, 1982
Hornstein, L.; Aulagnier, P. y otros, Cuerpo,
historia, interpretación, Bs.As.: ed. Paidós, 1991
Rodulfo, R., El niño y el significante, Bs.As.: ed.
Paidós, 1990
Stoloff, J.C., Les pathologies de
l’identification, París: ed. Dunod
Tustin, F., Barreras autistas en pacientes
neuróticos, Bs.As.: ed Amorrortu, 1989
Nota: Artículo publicado en la Revista TRES AL
CUARTO, Actualidad, Psicoanálisis y Cultura,
Barcelona, tercer semestre 1999